EL NECHI REINO DEL MOHAN.
Nativos y propios de la ribera del
Nechí, unos de los más caudalosos afluentes del Cauca en Antioquia, cuyo nombre
en lengua yamesí significa río de oro,
cuentan con sigilo y admiración, que, pese a la invasión de las dragas de las
compañías auríferas, entre ellas la Pato Gold Mines, el mohán aun reina en su
lecho. Sus dominios subacuáticos abarcan, desde el corregimiento El pato, en
cercanías de Zaragoza, hasta más allá de San Jacinto del Cauca.
Su presencia en el mundo anfibio se
remonta a tiempos ignotos, previos a la fundación de San Antonio de Bermejal, hoy
Nechí, por el peninsular don Fernando Lozano Infante y Paniagua. A su llegada
al territorio, los conquistadores españoles asolaron la región que luego
llamarían Mojana, en busca de oro. En
dominios de los zenufaná, no tuvieron piedad y segaron la vida de casi toda su
etnia, incluida la cacica Moha.
Sobrevivieron, el cacique Jarupia Domicó, y algunos integrantes de su
séquito, quienes juraron vengar a los suyos. En su travesía, algunos invasores sucumbieron
ahogados, lejos de su natal España, otros
contrajeron enfermedades tropicales o cayeron por ataque de fieras en la
inclemente montaña.
El gran jefe y su reducto, auxiliados
por sus dioses Mexión y Manexca construyeron un
reino de ilimitada riqueza debajo del lecho fluvial. Allí, se establecieron con los tesoros de la tribu, dando vida al reino de la Mohana, fundado
en memoria de sus mártires. Desde entonces, la leyenda cuenta del castigo del
Mohán para todo aquel ambicioso que
atente contra el reino natural, dentro del recorrido del Nechí e incluso aguas
abajo en el Gran Rio de la Magdalena. Los nativos del Nordeste y Bajo Cauca en Antioquia, le llaman a ese sino trágico, la maldición del Mohán, y es la suerte
que corren quienes explotan o comercian el oro. Para ellos, es la venganza del jefe zenú que los fustiga,
pues su fortuna aurea es perecedera y les conlleva a la desgracia para siempre.
De otro modo, hombres y mujeres,
septuagenarios u octogenarios otros, ribereños, desde Nechí, hasta Zaragoza,
pasando por Puerto Claver, entre otras poblaciones, rememoran leyendas sobre la
desaparición de hermosas doncellas raptadas por el Mohán para hacerlas sus
concubinas y quizá para perpetuar su tribu, pues en su reino las mujeres
escasean. Testimonio de este hecho es la versión Flor María, la bella
mulata quien escapó con solo dieciséis años de los dominios del mítico jefe
zenú. A sus noventa calendarios, describe la imponencia del palacio del jefe Jarupia Domicó. Su relato se refiere a
las riquezas allí acumuladas, cuyo tamaño ocupa una cueva colosal, accesible a través de un sendero de oro. Los
aposentos y toda la construcción se iluminan por la disposición estratégica de
gemas rutilantes. Abundan allí manjares y lujos, en medio de una vida
paradisiaca. El mohán, narra, es un hombre de proporciones armónicas y de una
cautivante belleza. Además, posee una longevidad mágica y promete recuperar su
reinado y sus territorios arrebatados vilmente.
